El entorno cultural

Introducción

En 1924, en pleno apogeo del cubismo, la Sociedad de Amigos del Arte organizó en Madrid una exposición sobre la miniatura hispana en la alta Edad Media que, después de varios siglos de olvido total, aparece de pronto como un antecedente directo de gran parte de las inquietudes de los artistas de principios del siglo XX. Eran momentos en que la vanguardia apelaba a un nuevo concepto de arte que superase las limitaciones de las clasificaciones tradicionales. Con el Renacimiento, el arte se había refundado sobre criterios nuevos que iban en la dirección contraria de la profunda espiritualidad del Medievo: frente al arte figurativo plurisecular, los valores de este arte minimalista ofrecían una nueva perspectiva ante la crisis estética provocada por la técnica fotográfica.

Las miniaturas presentan veladuras que habrían inspirado a Gauguin, contracurvas que habría firmado Matisse y, sobre todo, ofrecen un claro antecedente de los rostros y las figuras que encontramos en el Picasso de  época cubista. Todo ello creado mil años antes.

Desde ese momento los manuscritos altomedievales españoles pasaron a ser un tema de interés prioritario para los principales investigadores españoles y extranjeros, que han encontrado grandes dificultades a la hora de establecer su datación, autoría y, principalmente, la relación entre los distintos autores y manuscritos, ya que disponen de escasa información por el tiempo transcurrido y por el hecho evidente de que lo que ha llegado hasta nosotros es sólo una parte mínima de la producción de los scriptoria españoles desde el siglo VI de San Leandro y San Isidoro, hasta la implantación de la liturgia romana a finales del XI. Tampoco facilitan su tarea las diferencias estilísticas entre los distintos iluminadores, así como las múltiples influencias que se han detectado en cada uno de los manuscritos, a pesar de reconocerse en todos ellos un claro espíritu común.

Copia de las Etimologías de San Isidoro, Manuscrito del siglo XIAsí pues, aunque los códices más interesantes que conocemos fueron creados básicamente en el siglo X y parte del XI, de ninguna manera se puede considerar la llamada “miniatura mozárabe” como un hecho aislado de la cultura generada en la península a lo largo de la monarquía visigoda. En la frescura y la riqueza de la miniatura se detecta el código genético de las producciones de los siglos VI y VII. Es el visigodo  el elemento decisivo en la formación de un arte peninsular, pues su vocación de eclecticismo sirvió a la perfección para sublimar y dar cohesión al conjunto de estilos que se habían desarrollado desde la antigüedad tardía.

Esa cultura visigoda, además de crear los monumentos más importantes y de mayor calidad de construcción de toda la Europa occidental, como nos explica San Isidoro en sus Etimologías, promovió la existencia de scriptoria de la importancia de los de Sevilla o Toledo, y permitió el desarrollo de una amplia producción literaria, en la que destacó la obra de San Isidoro, el personaje más importante de la cultura de su época, y que es actualmente el patrón de Internet.

Desde nuestro punto de vista, esa cultura ecléctica que ya existía en Hispania antes de la invasión árabe se mantuvo tanto en los reinos cristianos como por los mozárabes de Al Andalus. A ella se añadieron nuevas influencias, principalmente islámicas y carolingias y el todo resultante se impuso en los territorios reconquistados a lo largo de los siglos X y XI, generando los manuscritos más significativos del periodo.

Por todo ello, nuestro estudio, cuyo objetivo consiste en presentar una visión  general de la miniatura altomedieval española, describiendo sus características y sus códices de mayor interés, debe comenzar analizando su desarrollo desde mediados del siglo V.

La cultura en la España Altomedieval

La desintegración de la administración pública romana como consecuencia de la caída del Imperio trasladó a los altos estamentos de la Iglesia gran parte de las tareas de dirección de una sociedad que era en su mayor parte cristiana. El paganismo sobrevivía en algunas zonas rurales como residuo de la cultura ancestral campesina, pero en el siglo V no había peligro de que se organizase en una iglesia aparte. Ser cristiano en occidente equivalía, para la mayoría de la población, a ser católico.

Esta realidad, sin embargo, no suponía una fuerte sujeción a Roma. Las iglesias nacionales gozaban de una gran libertad para asumir y promover la educación y la cultura,  actividades que adquirieron una importancia fundamental durante la monarquía visigoda, como se refleja en las referencias a la creación literaria de la mayor parte de los personajes  importantes de esa época, en los libros de vidas de santos y de otros “varones ilustres”, y en las historias de los visigodos,  suevos y vándalos que escribió San Isidoro.

Pentateuco Ashburnham. (Siglo VII)Sabemos que la Iglesia hispana, de acuerdo con las directrices que provenían de Roma, creó centros de formación de clérigos y monjes en las sedes episcopales y en los monasterios, en un programa que incluía su alfabetización, basando gran parte de su labor posterior en la transmisión a sus fieles de los contenidos de un conjunto de libros “espirituales” y en la utilización de libros “litúrgicos” en los actos de culto. Esto implicaba la necesidad de disponer de una importante cantidad de esos libros, lo que se consiguió creando bibliotecas y scriptoria en las principales ciudades y en los grandes monasterios, algunos de ellos fundados por monjes norteafricanos. La presencia en tierras hispanas de estas comunidades se debió a la persecución de los cristianos afectos al Primado de  Roma, primero por parte de los vándalos arrianos afincados en el Norte de África, y posteriormente por las autoridades bizantinas. Por esta razón se instalaron en el levante y el sudoeste de la península, trayendo consigo sus bibliotecas y aportando un influjo cultural decisivo.

Debemos suponer que la Iglesia arriana, hasta la conversión de Recaredo en 587, fue la principal transmisora de la cultura entre el pueblo visigodo, y pudo aspirar a reproducir las estructuras de la Iglesia católica. Pero la arriana fue, sin duda, una institución peor organizada y con una dimensión cultural muy limitada. En todo caso, inmediatamente después de su conversión, Recaredo ordenó reunir y quemar todos los libros arrianos, acabando con su legado.

Tampoco podemos olvidar el apoyo que las letras recibieron por parte de algunos reyes visigodos que, en general, mantuvieron muy buena relación con los representantes eclesiásticos más ilustrados y demostraron un gran interés en dejar constancia escrita de acuerdos, concilios y leyes.

La conquista árabe significó, sin embargo, un duro golpe para una cultura que había alcanzado en nuestra península el nivel más alto de toda la Europa Occidental. No obstante, aquella cultura sobrevivió tanto en los centros mozárabes de Al Andalus como en los recónditos reinos cristianos. En ambos casos se mantuvo una vitalidad sorprendente, como prueban las obras de Beato de Liébana en el siglo VIII, las diferentes crónicas que se escribieron en el Reino de Asturias, la actividad literaria de Álvaro y San Eulogio -entre otros- en la Córdoba de mediados del siglo IX y toda la serie de monasterios con biblioteca y scriptorium a los que hace referencia San Eulogio en las noticias queda de su viaje a Pamplona.

A finales del siglo IX, la conquista y repoblación de las tierras existentes entre la línea del Duero y la cordillera cantábrica generó la afluencia a los nuevos territorios no sólo de gentes venidas del norte cristiano, sino también de una importante cantidad de mozárabes a quienes la revuelta de los mártires cristianos había hecho la vida muy difícil en Al Andalus. En muchos casos se trasladaban comunidades completas de monjes con sus bibliotecas, así como familias de seglares que les acompañaban en la repoblación.

La fusión que se produjo entre estos dos grupos de población en los territorios cristianos del Norte, generó un amplio conjunto de manifestaciones artísticas que se han agrupado bajo la controvertida denominación de Arte Mozárabe. Siendo descendientes ambos de la Hispania visigoda, pero aportando diferentes influencias artísticas y culturales, nosotros preferiríamos definir esta eclosión cultural como “Neovisigodo”, para considerar como “Mozárabe” exclusivamente a la producción artística de los cristianos en Al Andalus, de acuerdo con su significado original.

Dentro del Neovisigodo se incluirían no sólo la mayoría de los edificios construidos en los reinos cristianos entre mediados del siglo IX y finales del XI, sino también los manuscritos miniados que se crearon en los monasterios de la zona en ese periodo, constituyendo uno de los momentos más interesantes del arte español de todos los tiempos.

Un hecho importante a destacar en esta faceta es que hasta el siglo IX la aportación fue principalmente literaria, basada en los escritos de múltiples autores, de los que se conserva únicamente un manuscrito iluminado -el Pentateuco Ashburnham, cuyo origen español no está confirmado- mientras en el resto de los que han llegado hasta nosotros existen muy pocas miniaturas, aunque hay muchos motivos para pensar que también existieron otros códices iluminados en esas dos primeras fases. Sin embargo en los  siglos X y XI, la producción de libros estuvo dedicada principalmente a la copia de manuscritos anteriores, que se iluminaban con una miniatura de gran calidad y que destacan por su creación artística, dando origen a la eclosión de la miniatura altomedieval española.

En los siguientes capítulos se describen los manuscritos, iluminadores y scriptoria más importantes que existieron desde finales de siglo IX. Asimismo, en el apartado 7.1 se incluye un diagrama con la relación, por fecha de creación, de gran parte de la producción literaria y de los manuscritos miniados creados en España entre los siglos VI y XIII de los que tenemos noticia.

El libro en la Alta Edad Media española

La quema de libros fue uno de los hechos más habituales en toda la Edad Media hispana. Desde la ya comentada de Recaredo con los libros arrianos a mediados del siglo VI, se sucedieron las destrucciones masivas, siendo especialmente significativas las ordenadas por Almanzor; la de gran parte de los contenidos de la biblioteca de al-Hakam en Córdoba; la de libros cristianos en Al Andalus y la de gran cantidad de monasterios y sedes episcopales en la España cristiana, que alcanzó hasta Santiago de Compostela. Grandes pérdidas generó también la destrucción de multitud de libros cristianos y de literatura árabe considerada heterodoxa en el siglo XI por los almorávides que llegaron a quemar en 1109 los libros del filósofo oriental Al-Gazali. La orden dada por el papa Gregorio IX sobre la quema de libros judaicos tuvo también un gran impacto.

Debido a ello, de los miles de libros que se debieron escribir en ese periodo, considerando únicamente la literatura cristiana, se conservan alrededor de 400 códices altomedievales, entre manuscritos  completos  y  fragmentos  de otros, de los cuales unos 250 tienen letra minúscula visigótica. La mayoría son libros religiosos a los que hay que añadir un grupo que podríamos considerar como libros institucionales, en general con propósito y estructura muy concretos:

Libros litúrgicos

  • Manuale o Liber Misarum, con las oraciones de la Mi
  • Commicus, con las profecías, epístolas y evangelios de la Misa.
  • Antifonario, con texto y música de los Oficios Di
  • Liber Sermonorum; sermones para domingos y día festivos.
  • Psalterio, con los salmos bíblicos.
  • Liber Horarium, con los rezos de diversos Oficios.
  • Liber Hymnorum, que incluía los cantos de las horas canónicas.
  • Liber Passionum, con textos historiográficos.

Libros espirituales

  • La Biblia, a veces sólo se disponía de algunos de sus libros.
  • Libri auctorum, entre los que se incluyen obras de diversos autores cristianos como San Agustín, San Jerónimo o San Isidoro entre otros. En este grupo se incluyen las copias del Comentario al Apo
  • Reglas monásticas

Libros institucionales

  • Crónicas históricas
  • Códigos de leyes
  • Glosas
  • Libros de Testamentos
  • Colecciones de documentos oficiales (Tumbos)

Beato de Valcavado (970)Dentro de este conjunto de libros, además de la serie de los Beatos, a los que dedicamos un apartado específico, merecen una mención especial las crónicas históricas que se escribieron en el reino asturiano entre los siglos VIII y X, y que han llegado hasta nosotros en varios códices miniados en el siglo X y siguientes. El origen y la datación de esas crónicas, y su reflejo en los códices Albeldense, Emilianense y de Roda, han sido objeto de muchos estudios e interpretaciones, considerándose como más fiable la aportada por C. Sánchez-Albornoz, con la que han coincidido M. Gómez Moreno y otros importantes historiadores. Según esta teoría, se pueden destacar seis crónicas sobre la historia del reino de Asturias, desde sus orígenes hasta el reinado de Bermudo II:
Una crónica del siglo VIII, redactada por algún clérigo que obtuvo información directa de personas que vivieron la caída del reino visigo No ha llegado hasta nosotros, pero Ambrosio de Morales la pudo leer en el siglo XVI y su influencia es reconocible en las crónicas posteriores.
El Epítome Ovetensis, que incluye un resumen de la historia universal y la del reino de Asturias hasta finales del reinado de Alfonso III: no se conoce su autor y es el que se utilizó para la confección del Códice Al
– La Crónica llamada “Profética”, porque anunciaba el fin del dominio musulmán en España basándose en una interpretación de una profecía de Ezequiel. Fue escrita por un monje mozárabe, probablemente el obispo Dulcidio, en el año 883.
La Crónica de Alfonso III, que se supone escrita por dicho monarca basándose en la del siglo VIII, con algunas frases  de  la  Profética,  y añadiendo los hechos de su reinado. Está escrita en lenguaje sencillo y fue la versión utilizada para redactar el Códice de Roda.
La “Crónica Erúdita”, versión culta de la anterior, escrita posiblemente por Sisnando, obispo de Santiago de Compostela en tiempos de Alfonso III, corrigiendo el estilo y algunos contenidos que mejoran la imagen de la iglesia en la época visigoda y añadiendo textos de carácter religioso.
Crónica de Sampiro, obispo de Astorga, que escribió la historia del reino asturiano desde Alfonso III hasta Bermudo II.

Características de la Miniatura Altomedieval   Española

Códice Albeldense (976)De acuerdo con lo comentado hasta ahora, los iluminadores de los manuscritos de los siglos X y XI  partían de una base cultural y artística muy rica. El haz de influencias que tenían, más que la suma, es un conglomerado complejo y con identidad propia. Está en ellos la cultura clásica reinterpretada por los valores hispanos, a la que se añade el conjunto de influencias germánicas, bizantinas, orientales y norteafricanas unificadas en el arte visigodo.  Otros factores influyentes son el califato de Córdoba de Abd al-Rahman III, así como la información sobre el arte carolingio y la miniatura irlandesa que llegaba a través de las relaciones que la monarquía asturiana había establecido con el Imperio de Carlomagno, y  posteriormente, a través del Camino de Santiago.

Todas estas influencias fueron las creadoras de un espíritu común, profundamente cristiano, que se caracterizaba por una amplia libertad creativa, y que permitía a cada artista expresarse en gran medida de acuerdo con su propia personalidad

Es por eso que, al intentar analizar sus principales características, nos encontramos ante un mundo de raíces muy homogéneas, compartiendo un transfondo cultural y una situación histórica semejante, pero con enfoques muy personales y múltiples influencias muy difíciles de analizar y, sobre todo, de agrupar en estilos o escuelas, dado que todo se desarrolla en un entorno artístico muy ecléctico. Por lo tanto, al analizar el estilo pictórico de la mayoría de las obras, se pueden considerar mucho más significativas la calidad y la personalidad de cada miniaturista que su pertenencia a alguna posible escuela o familia, aunque es evidente que en cada manuscrito se tienen en cuenta los nuevos hallazgos, tanto técnicos como estéticos, que se han producido en algunos de los códices anteriores pero utilizados en general de acuerdo con los gustos del nuevo miniaturista.

Debido a ello entendemos que las claras diferencias que existen entre unos y otros autores se deben analizar principalmente en base a dos líneas básicas: una sería la de los desarrollos, tanto técnicos como estilísticos que se fueron produciendo a lo largo de los años a partir del segundo cuarto del siglo X. La otra, la calidad y la personalidad de cada autor, que le permitían elegir, dentro de un gran conjunto de opciones, las más adecuadas a sus características.

 



 

 

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