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Hemos viajado al Valle del Silencio

 

Santo Tomás de las Ollas

Abside de Santo Tomás de las Ollas

Se trata de una pequeña iglesia cuya estructura original estaba formada únicamente por una nave y un ábside, de una anchura algo menor que la de la nave, cuadrado en su exterior mientras el interior tiene forma de herradura ovalada que exteriormente presenta un testero plano.

En el interior las dos zonas están perfectamente diferenciadas: la nave es rectangular, de construcción posterior, con un único arco de acceso al ábside en forma de doble herradura -quizá el más imponente de todo el arte prerrománico español- en el centro del muro que separa ambos. El interior del ábside. tiene forma de herradura muy cerrada, pero su planta no es circular, sino elíptica y el muro curvo tiene adosado en toda su longitud un zócalo de piedra sobre el que se levantan ocho pilares de granito con impostas decoradas y sobre ellos nueve arcos de herradura que soportan un nuevo muro curvo, adosado al anterior, que se transforma en una imposta poligonal de nueve lados en la que se apoya una cúpula de diez cascos. El conjunto formado por el arco de acceso y el ábside es uno de los más interesantes del Arte Altomedieval Español.

Santiago de Peñalba 

Cabecera de Santiago de PeñalbaA finales del siglo IX, San Genadio
huyendo del mundanal ruido, se refugió en una cueva de un punto perdido
de los montes del Bierzo, fundando un monasterio. Su iglesia, levantada
poco después de su muerte, es uno de los monumentos más interesantes del
Arte Mozárabe y está situada en un lugar incomparable.

 

En pleno Valle del Silencio, después de recorrer 20 kms desde Ponferrada por una carretera entre montañas, llegamos a Peñalba de Santiago, pequeño conjunto medieval de casas de pizarra, por el que no ha pasado el tiempo y del que destaca una magnífica iglesia mozárabe en un excelente estado de conservación.

Exteriormente recuerda a las iglesias crucifoInterior de Santiago de Peñalbarmes visigodas, con una gran nave central de dos tramos simulando el primero una gran linterna de crucero, con un ábside de testero plano y dos compartimentos laterales, los tres de la misma altura. Pero la puerta, de doble arco de herradura con columna y capitel centrales y enmarcada en un alfiz, que está situada en el costado sur, y un ábside opuesto al principal, la confieren un aspecto muy diferenciado.

Sin embargo su interior es un ejemplo del más puro arte mozárabe. Está formado, además de por los dos ábsides, por otros dos compartimentos centrales situados entre ellos, el presbiterio y la nave, y otros dos a los costados del presbiterio, pero de menor tamaño. Todos ellos están diseñados como espacios independientes, con diferentes formas de cobertura y separados por arcos de herradura muy pronunciada, del tipo de los cordobeses del siglo IX, aunque de diferente forma entre ellos. En la última restauración ha aparecido en el interior de la iglesia un importante conjunto de pinturas altomedievales muy interesantes que están aún en estudio.

Santiago de Peñalba, con su original diseño que conserva reminiscencias del arte visigodo y su calidad artística y constructiva aprendidas del arte cordobés, es un ejemplo de la libertad y la capacidad de síntesis cultural que aportarón las comunidades mozárabes que se instalaron al norte del Duero a lo largo del siglo X.

 

El Viaje

 

Por su interés y calidad, sustituimos nuestra habitual reseña del viaje por un artículo que nos ha enviado Meredes Rosúa, amiga de nuestra Asociación y una de las personas que nos acompañaron al Valle del Silencio. Incluimos también algunas de las fotos que nos adjunta, que forman parte de su visión del viaje. Con nuestro agradecimiento..

 


ESCALADORES DE LA HISTORIA

 



 

De M. Rosúa, para Raúl, Pablo, Carlos y cuantos me M. Rósua entre otros amigos esperando para visitar Templun Libriacompañaron en el viaje de Amigos del Arte Altomedieval el 23 y 24 de agosto de 2014. Con mi agradecimiento por su saber y muy grata compañía.
 
 


¿Se puede ir a un lugar más necesario que el Valle del
Silencio? La ascensión comienza desde la hondonada tórrida de la gran ciudad en
el punto de encuentro de las dos Castillas, requemada por la tenacidad del sol
y el calor apelmazado en el hormigón de calles y estructuras. Los ruidos, en
brote, en germen, en amenaza, ya vuelven por sus fueros a donde solían con el
final de las vacaciones de agosto, y el horizonte es de meses agobiados por tareas
imperiosas y coyunturales que muerden una y otra vez los talones, encerrado
cada uno en el pequeño círculo de la diminuta existencia personal, la docena de
metros cuadrados y la docena de personas que constituyen el habitual entorno.

 


Pero hay una salida hacia el norte, un rescate fugaz
en la salvadora camioneta blanca. Edificios, grandes superficies comerciales,
colonias de adosados, ofertas publicitarias, siglo XX, siglo XXI, todo va
quedando atrás y pronto lo cubre la distancia, las extensiones de una
naturaleza adormecida por la canícula, vestida de rastrojos, alfombras pajizas,
marrón de sembrado, retazos de verde, en la que todo Ancho es El Bierzojadea y contiene el
aliento en expectativa de la primera lluvia otoñal. Ahora en los pueblos se
distingue el perfil de épocas anteriores, la almendra del castillo, la casa
consistorial, la iglesia y las casas arracimadas junto a sus muros. Del siglo
XVII, del XVI, del XV, del XIV han quedado anclados a colinas y cerros, como
restos de navíos en su travesía de la meseta, fortalezas, espadañas, torres, ruinas,
palacios. Marcas de la lucha por la tierra y abrigo de hombres libres que eran
a la vez defensores y repobladores, aquéllos que empujaron de nuevo hasta el
Mediterráneo y el Atlántico una frontera sur de Europa que parecía fatalmente
reducida a limitarse al borde cantábrico.

 


En movimiento inverso, pero animados por el fondo
cristiano hispanorromano, por los recuerdos de la cultura visigoda y por el
arte oriental de la España andaluza, subieron los mozárabes por extensiones que
eran páramos deshabitados, coronaron los escalones de las cuencas de los ríos y
en los primeros siglos de la durísima Alta Edad Media buscaron la protección de
los pequeños reinos del norte y dejaron, como gemas, las escasas iglesias
conservadas y un patrimonio invisible porque fundido con la lengua castellana
primera, impregnado en usos y poblaciones del sur califal, con resonancias y
olores de aljamiado, dulcería, aliños y jarchas, cubierto luego por los estilos
románico, gótico, barroco, neoclásico.

 


Y por fin El Bierzo, al que es como si por el sur le
separara un mar, el de las llanuras rubias de Tierra de Campos, limitado por
León y Galicia sin ser ninguno de ellos aunque con algo de ellos todos, alzado
hacia un cielo raso y azul, dueño de Sombras de otro tiempo. Castillo templario de Ponferradaun aire transparente y un agua múltiple y
clara, rico en vergeles, bosques y huertas, caritativo en el clima de sus oasis
misteriosos que frenan los vientos y las nieblas y dan alas a la fertilidad de
la tierra color sangre y a los terrones oscuros que se transforman, amén de en
hortalizas, en sorprendentes jardines cargados de rosas. El aire seco eleva al
respirarlo y produce, como una bendición, los embutidos insuperables de ese
animal bienaventurado que es el cerdo. Aquí, comprensiblemente, se quedaron
grupos mozárabes, y algunos miraron más alto que los alimentos del cuerpo y se
centraron en una ambición espiritual.

 


Como un puente entre los escalones de los siglos, se
alza el castillo de Ponferrada, con unas ruinas templarias que hablan de las
Cruzadas, del muy especial sino y del terrible final de los caballeros de la
Orden del Temple, que inspiran con su simple mención, desde la Edad Media hasta
el día de hoy, estudios eruditos y evocación de misterios celosamente guardados.
El castillo se hinca sobre un precipicio con el río al pie y comprende un
recinto amurallado mucho mayor que el original, vivo de actividades culturales
y sede de una colección de facsímiles de códices, incunables y obras impresas
posteriores que es un canto al amor y la importancia de los libros: el Templum
Libri.

 


Escalamos de nuevo tiempo e historia, y, con gran
modestia, entre los edificios de una colina cercana, está Santo Tomás de las
Ollas. Tiene las dimensiones de un adosado sin pretensiones y nada delata desde
el exterior la maravilla que encierra. Porque hace más de mil años allí
decidieron Sto. Tomás de las Ollaslevantar un ábside mozárabe que es único y deja, por comparación con
cuanto ha visto y espera, al visitante perplejo. Al fondo de la nave rectangular
simple se abre una diadema de nueve arcos de herradura desplegados contra el
muro, asentados en ocho pilares de granito que descansan sobre el zócalo de
piedra y la planta elíptica. El conjunto se eleva manteniendo la curva y se
prolonga en la cúpula, de manera que todo está diseñado para que la materia,
contemplada desde el marco de entrada del arco de herradura medial, produzca un
sentimiento de elevación y misterio, el que buscan hoy los iconostasios de la
iglesia ortodoxa y era componente sin duda del rito mozárabe pero con un ánimo
en este último de mayor apertura y unión con los fieles. Los viajeros han
llegado pues a una plataforma en la escalada, al preludio del Bierzo de los
eremitas, de la pequeña Tebaida donde se refugiaron, estudiaron y construyeron
santos de nombres remotos o casi desconocidos: Genadio, Fructuoso, Valerio,
Fortis.

 


En Molinaseca, que desmiente absolutamente su nombre
por la presencia múltiple del agua, paran, descansan, Molinaseca. El puente perfectose refrescan e incluso
nadan en el remanso hábilmente acondicionado del río peregrinos del Camino de
Santiago. El puente es perfecto en su sencillez romana, las calles y casas
típicas de la zona, acogedoras, muy cuidadas, acompañadas de jardines y
arboleda y escrupulosamente limpias. Podría haberse transpuesto allí, sobre el
césped, cerca del rumor de la corriente, el caminante de Berceo, que, sin
advertir el paso el tiempo, escuchó durante trescientos años el trino de un
pájaro.

 


Desde allí se busca la cinta estrecha y vertiginosa
que baja hasta el Valle del Silencio, en cuyo fondo espera la recompensa del
descenso: el pueblo de Peñalba de Santiago. Desde luego los viajeros apenas
producen ruido, ocupados como están en encomendarse cada uno al santo de su
devoción y medir las distancias entre las rocas de la ladera o del paso entre las
casas de algún pueblo viva imagen de la estrechez del camino de los Cielos.
Curiosamente el angosto valle nada tiene de tétrico. Está alfombrado de
arboleda y de vegetación espesa, el horizonte son montañas de dos mil metros,
pero se diría que el conjunto recoge como un cuenco la luz y la refleja en la
gran cantidad de regatos y piedras pulidas por las láminas de agua. Hasta aquí llegó
San Genadio en el siglo IX buscando la soledad, aquí se establecieron
comunidades de monjes y hasta aquí llegaron legos, pueblo llano y nobles,
atraídos por su fama de santidad y sabiduría.

 


Los tejados color alondra están posados al final del
camino alrededor de una iglesia mozárabe que perteneció probablemente al
conjunto monacal más amplio del que quedan en los alrededores algunas ruinas.
Ante el templo se produce un más profundo silencio. La intuición, sin mayores
conocimientos, indica al viajero que está ante los comienzos mismos de algo
originario y germinal pero al tiempo no primitivo sino completo en sí mismo, un
logro cuya plenitud se alimenta de la savia de los comienzos evangélicos,
fresca y con el sabor de las antiguas Religiones del Libro, de elementos
judaicos y andalusíes, Santiago de Peñalbade formas más amigas de la vegetación y la geometría que
de la profusión de iconos aunque, por otra parte, empapada de sentimiento
genuinamente cristiano y sin rehuir la figuración. Hay además trazos, elementos
de acarreo que, como las piedras de la fábrica, pertenecen a épocas anteriores,
quizás a poblaciones celtas, a pueblos prehistóricos que adoraban a los
elementos naturales y utilizaban signos indescifrables.

 


Todo ello está encerrado en la iglesia de Santiago de
Peñalba, a la que da entrada una portada cuya sencilla perfección geométrica,
la limpidez del acabado, la elegancia dejan prendidos los ojos. Son dos
perfectos arcos de herradura, muy cerrados, que se apoyan sobre tres columnas
esbeltas y capiteles corintios de mármol y van enmarcados en rectángulo por una
moldura triple. Lo mejor de Córdoba, como una mirada de añoranza, se asoma en
esta obra a la montaña del norte, y se plasma, con las manos y la sabiduría de
sus constructores, en el interior del recinto, en los arcos de herradura que
marcan divisiones y ventanas y en la rara peculiaridad de los dos ábsides. El recinto
es de alguna forma simétrico del decorado exterior, repetido en capiteles y
formas, devoto de la geometría y la matemática; la cúpula pasa con gran armonía
y sin apenas transición del cuadrado al octógono, los ábsides opuestos marcan
probablemente una división entre fieles y novicios, una progresión iniciática y
social, y el espacio es una ecuación que evoca grandeza independiente de la
medida de sus muros. La iglesia de Santiago de Peñalba entonces no se siente
como primitiva sino como extremadamente antigua, heredera de conocimientos
ancestrales y vivencias místicas recopilados por monjes sabios, salvados de la
persecución y del olvido, Sepulcro de San Fortisestudiados en vecinos monasterios. Está, sin embargo,
a la vez impregnada de la religión del tiempo nuevo, el del amor al prójimo y
el dios asequible, paternal y sacrificado en cuya fe murieron los que descansan
tras las losas de las tumbas. Una de ellas es el apacible espacio románico
donde, en el exterior, yace San Fortis. Otra, en un latín minucioso en el que
figura el nombre del orgulloso artesano, narra la vida y méritos del abad
Esteban. Sobre el altar, en la cruz pintada en el muro, se enrosca una
serpiente que remite quizás a aquel dios tectónico ancestral, protector y
sanador que se adoró en amplias regiones de Europa.

 


A la geometría acompañaron signos que van aflorando
por obra de la restauración, animales más o menos míticos, quimeras de león con
cornamenta, pinturas murales hechas con esmero y paciente técnica, flores,
estrellas y motivos vegetales de los que gustaban los cristianos cordobeses,
desplegados en un tapiz rojo y azul hasta cubrir la bóveda al estilo de los
mosaicos romanos y de Bizancio. En la parte baja del muro hay grabados dibujos
sorprendentes, a manera de esbozos en un palimpsesto de estuco en el que se
mezclan figuras humanas mitradas y talares con los rudimentos de un bestiario
que recuerda a los beatos del siglo VIII. Las pocas muestras halladas del ajuar
mobiliario hay que buscarlas en la arqueta de San Genadio, en la catedral de
Astorga, y la Cruz de Peñalba, en el Museo de León, ambas doradas, trabajadas
con sencilla elegancia y adornada la cruz por el alfa y omega y por piedras
azules, verdes y violeta.

 


La pequeña iglesia se vuelve grande cuando se la
observa desde el exterior a causa de la aspiración a la verticalidad de sus
muros, el decidido impulso hacia la altura de salientes, Hacia la alturacontrafuertes y cuerpo
central, de forma que la masa de piedra parece leve, destinada a encauzar
plegarias, ápice de la sucesión de tejados de las viviendas que la rodean.

 


Y al salir, en el silencio del Valle del Silencio, se
comprende todo. Porque en dimensiones gigantescas las montañas limítrofes
parecen formar a su vez una catedral con la aguda pendiente de sus laderas, la
corona de los picos, los ángulos agudos de los altos montes que rodean el
pueblo, diminuto en su centro, sin restarle un ápice de luz ni de grandeza,
como si la Peña Alba y el ábside fueran, una del otro, reflejos de sí mismos,
palmas de manos de roca, arbustos que escalan, como grupos de fieles, la
ladera. Y en la cima, donde la caliza aflora, blancura final.

 


El viajero emprende la ruta de regreso al son del río
Oza que la orilla. Cualquier leyenda es allí posible, en la ermita de la Virgen
del pico señero, entre los árboles espesos, caóticos y alegremente libres que
se pelean por su ración de sol, en las ruinas de cenobios olvidados y en la
alegría de las flores, los frutos y el valor y determinación de los habitantes
de esas casitas que la altura ya minimiza.

 


El viajero sabe que le han regalado el don
inapreciable del silencio.


 


M. Rosúa

 

 Otras fotos del viaje


 Vista general de MolinasecaEls, nuestra amiga holandesa, explicándonos sus impresiones sobre el viaje Primera comida en Molinaseca

 

 

 

 

Fotos de Els Kokkelkoren   

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