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Descripción general de eremitorios

Encontramos en gran parte de nuestra geografía restos de iglesias rupestres altomedievales, mientras que la documentación que nos ha llegado de esa época confirma la existencia de un importante movimiento cenobítico y eremítico desde los primeros tiempos de la cristianización de Hispania, con fases de gran actividad durante la monarquía toledana y durante los primeros siglos de la Reconquista, que se extinguió en el siglo XI.

Por su importancia social y cultural, incluimos en nuestro portal información sobre este interesante fenómeno y la descripción de algunos de los eremitorios de interés.

Agradecimientos

A nuestro amigo y uno de los socios fundadores de la Asociación de Amigos del Arte Altomedieval Español, Diego Alonso Montes, que nos ha aportado este interesante estudio sobre la historia del eremitismo cristiano.

 INTRODUCCIÓN
32-VIDACTComo aclaración terminológica de principio podemos decir que monasticismo engloba al fenómeno eremítico tanto como al cenobítico. Pero a lo largo de la alta Edad Media, este último se fue asociando al término de monasterio a medida que la Iglesia se organizaba y el eremitismo quedaba como realidad marginal de individuos aislados. Monachus designa al solitario y en un principio el ascetismo fue propio de individuos independientes, pero la ascesis terminó siendo el ideal del clero, tanto regular como secular, y por el contrario la independencia de individuos carismáticos se empezó a ver como un peligro. Los concilios de Toledo dictaron cánones para regular el eremitismo, bien exigiendo la consagración de los anacoretas por el obispo, bien tratando de someterlos a la disciplina de un abad en un monasterio.

 

De manera general el eremitismo fue un fenómeno de la primera cristianización. Como en la península hubo un reinicio durante el periodo visigodo, el siglo VI fue un momento de renacimiento para la vida eremítica. A su vez la conquista árabe marcó otra cesura importante, y por eso la tradición visigoda quedó fosilizada, y sus santos eremitas fueron referente para otros tantos santos entre los siglos VIII-X. Sin embargo la conquista musulmana de 711-714 fue un punto de inflexión más aparente que real. Con anterioridad a esta hay un movimiento intenso de fundación de monasterios y la llegada de los árabes no supuso a corto plazo un cambio decisivo. Decimos que hay dos fases porque la propia lógica de los acontecimientos lleva a pensar que el fenómeno que estudiamos fue un proceso, a través del cual varios factores se fueron sumando hasta producir la muerte natural del eremitismo. Así, a medida que la península se cristianizó y la Iglesia obtuvo más poder de control, las personalidades fuertes de individuos aislados dejaron de tener cabida.

Lo que se intenta trasmitir es que la impronta hispano-visigoda se mantuvo en los primeros siglos de la Reconquista, una inercia cultural cuya característica más sobresaliente fue la apertura a las corrientes que venían de Oriente. Sólo la reforma cluniacense tuvo un impacto suficiente para suprimir lo que no era sino una tradición de siglos, aquella que privilegiaba la experiencia oriental del cristianismo sobre posibles aportaciones locales.

 

La conversión al catolicismo en 589 no fue un parto doloroso sino un paso más en la estabilización del estado, una aceptación de la tradición cristiana en su faceta más legitimista. Quizá si pueda decirse que la conversión al catolicismo marcó una transformación en la motivación de los anacoretas que previamente eran contrarios a la Iglesia por su connivencia con el estado arriano. En cualquier caso el eremitismo visigodo se circunscribió a zonas alejadas de los principales ejes políticos y administrativos del estado, lugares más apropiados para llevar a cabo una labor evangelizadora marginal, protagonizada por hombres que buscaban una independencia del poder uniformador de la Iglesia y el Estado. Pero decimos marginal sólo en la medida en que nunca llegó a ser predominante, al tiempo que no llegó a desaparecer bruscamente.

Podríamos tener la tentación de asimilar el fenómeno eremítico a las fases más tempranas de la evangelización de España,San Miguel de Presillas y aunque esto sea cierto de forma general, no debe servir para establecer una cronología absoluta que identifique unívocamente el fenómeno con la pobreza de medios. Al fin y al cabo algunos eremitorios han sido utilizados en el siglo XX. Sí que es cierto, que la reforma europea del siglo XI tendió a uniformar las estructuras de la Iglesia y a perseguir los fenómenos más o menos espontáneos de particulares.

Para dar una aproximación cronológica podemos decir que el siglo VI fue, en el tercio norte occidental, un momento de cristianización que tuvo un jalón importante en la creación del ducado de Cantabria con sede en Amaya (Burgos), lo cual deja un amplio margen a anacoretas que tienen in mente la tradición oriental del monacato. En siglos posteriores y por un proceso lógico de adensamiento y proliferación de los eremitas, estos tienden a asociarse o a adoptar discípulos, lo cual da lugar a la formación de lauras. En una fase ulterior la fama de estos hombres junto con la tendencia centralizadora de la Iglesia reformada da lugar a la transformación de los oratorios en iglesias monásticas o incluso en iglesias parroquiales.

EL MONACATO DE ORIENTE

San Pedro de ArgésLos principios fundamentales del monaquismo estaban presentes en el ideal original del cristianismo, tales fueron el ayuno, la limosna, la castidad y la oración, pero al adaptarse a las estructuras del Imperio, la Iglesia cambió de naturaleza, y es entonces cuando se siente la necesidad de una ruptura con la vida ordinaria. Este proceso comenzó en el siglo III, cuando puede hablarse de una crisis espiritual que generalizó el ascetismo en Egipto, Siria y Palestina. Cuando el Imperio adoptó el cristianismo como religión oficial, en un momento de crisis general, el monje apareció como el sustituto del mártir, investido con la santidad de este y percibido por el pueblo como un ser semejante a aquel.

Los estudiosos cristianos consideran el monacato como un movimiento original inspirado en la Biblia, pero otros han advertido la impronta griega y oriental en aquel. No se puede descartar la influencia del maniqueísmo, ni del gnosticismo, así como tampoco la de los ambientes judíos (esenios de Qumrán y terapeutas de Alejandria).

La idea convencional sobre este fenómeno establece que Oriente fue la cuna y Occidente la copia, pero la realidad es más compleja, pudiendo afirmar que en Oriente el monacato fue más amplio y diverso, más rico en eremitas singulares de vida extravagante. Y, al contrario, en Occidente fue un movimiento más próximo a las estructuras eclesiásticas. Pero la influencia de Oriente no puede negarse y los monjes de Occidente se consideraron a sí mismos imitadores.

El movimiento monástico nació pues en Oriente e irradió a Occidente a través de los escritos de los Padres de la Iglesia, tales fueron Ambrosio, San Juan de Socueva, Agustín, Jerónimo, Martín de Tours o Casiano, que trasladaron al latín los escritos de los primeros monjes, e incluso escribieron sus vidas. Jerónimo compuso una versión latina de la “Vita communis” de Pacomio y Casiano se basó en Evagrio para exponer sus ideas ascéticas.

El primer impulso monástico fue de tipo eremítico, pudiéndolo distinguir del cenobitismo que implica una vida de comunidad. Antonio el Ermitaño puede considerarse como el primer eslabón en la cadena de influencias. Nació en Egipto en el año 251-252 y heredó una gran fortuna, lo cual nos recuerda a San Agustín, que no se convirtió hasta los 31 años, después de vivir la buena vida. Antonio se retiró al desierto líbico, donde llegó a formarse una colonia de seguidores. Atanasio escribió su biografía hacia el año 370. Hubo otros eremitas en Egipto, pero nos interesa especialmente Palemón, que vivió en el Alto Egipto y tomó como discípulo a Pacomio, quien hacia el año 320 fundó el primer monasterio en Tabennisi, con una regla que ponía el acento en la obediencia al abad.

San Juan de SocuevaParalelamente, un poco más tarde, surgieron eremitas en Palestina y otras regiones del Oriente Próximo. Hilarión de Gaza murió en 371 y Jerónimo escribió su biografía. Pero el gran salto adelante es el de la fundación de los primeros monasterios, pues el anacoretismo, por su falta de reglas no podía tener continuidad. En Asia Menor el gran organizador del monacato reglado fue Basilio el Grande, que escribió dos reglas, una mayor y otra menor, y tuvo por discípulo a Evagrio al que inculcó su ideario ascético práctico. Evagrio también asumió la mística intelectualista de Orígenes y Gregorio Niseno. Ambas corrientes dieron cuerpo al monacato.

De Egipto interesa destacar que los eremitas del desierto se repartieron principalmente en el Delta, al sur de Alejandría, en Nitria, las Celdas y Escete, en donde estuvo Juan Casiano que volcó su experiencia en sus Instituciones cenobíticas y en sus Colaciones entre 420-430. Los eremitas del desierto practicaron una forma de semi anacoretismo, teniendo viviendas individuales con patio, pozo y huerto, y zonas comunes. Disfrutaban de gran libertad para el ayuno y el trabajo manual.

En Siria la característica peculiar fue el rigor con gran variedad de tipos de anacoretas, incluyendo a los estilitas. En Palestina lo propio fue la atracción de los Santos Lugares de manera que muchos anacoretas eran extranjeros que se establecían en lugares como el Monte de los Olivos. En Asia Menor loas primeras figuras fueron condenadas por la Iglesia por su radicalismo como es el caso de Eustasio de Sebaste que fue maestro de Basilio de Cesarea, Gregorio Nacianceno y Gregorio de Nisa. De las grandes personalidades de la Iglesia destaca su movilidad por el Imperio.

En el siglo V el monacato en Egipto entra en decadencia, y antes de caer a manos de los árabes, tuvo un periodo de desviación herética al convertirse en guía del monofisismo. En ese tiempo Palestina atravesó un proceso paralelo, y así, fue Constantinopla la que asumió el papel de centro para el monacato aceptado por la Iglesia. Desde Constantinopla se difundió un tipo de ascética mística en la línea de Evagrio, antes que en la mentalidad práctica de Basilio.


EL MONACATO HISPANO

San Pedro de TartalésEn la transición de la antigüedad a la Edad Media, la difusión del monacato fue gradual, apareciendo primero el espíritu de reclusión y evasión en los medios aristocráticos y urbanos, ambientes en los que personas privadas se apartaban del mundo en sus propiedades, formando grupos de amigos con intereses afines, al modo de las escuelas filosóficas de tradición griega. Pero esta idea puede nacer del desconocimiento del mundo rural, que es el más propicio para el desarrollo de la ascesis, inclinación que se satisface mejor en soledad. De hecho el eremitismo surgió en zonas rurales poco romanizadas, principalmente en el tercio norte peninsular, pero también en regiones montañosas del sur. En cualquier caso las primeras noticias acerca del monacato son dispersas y poco claras. En el año 380, el primer concilio de Zaragoza, condenó a los cristianos que se escondían en los montes, cristianos que podían estar huyendo de la recaudación fiscal. Así la mención a los posibles primeros eremitas está envuelta en la desconfianza de la Iglesia hacia ellos.

Se dice que hubo monasterios en Hispania ya a finales del siglo IV, pero la información no es abundante hasta el siglo VI. La primera alusión a la vida monacal es un canon del concilio de Elvira de principios del siglo IV, que trata de regular el comportamiento sexual de los eclesiásticos y las vírgenes consagradas. De ese canon se deduce que no era habitual la abstinencia sexual, esta se iría imponiendo por influencia de la vida monacal, que fue adquiriendo peso económico en los primeros siglos medievales.

En Hispania la condena de Prisciliano en el año 380 por su conducta heterodoxa produjo una identificación del ascetismo con su movimiento que se caracterizó por su llamamiento a todos los grupos sociales sin distinción de sexo. La Iglesia podía sentirse amenazada por un grupo informal que no respondía a una norma clara de conducta. En esto no vemos sino el carácter borroso de las estructuras de poder que estaban surgiendo. En un tiempo de pérdida de los viejos referentes, la Iglesia empezaba su andadura como institución legítima, sí, pero que debía reforzar constantemente su identidad ante fenómenos cambiantes.

Ya bajo el estado visigodo surgió una distinción terminológica entre el asceta que vivía en comunidad y el anacoreta que buscaba la soledad de los yermos. En palabras de San Isidoro, que bebió de su hermano Leandro y de Juan Casiano, la vida común era una fase necesaria antes de la evasión total. De hecho se consideraba eremita deshonesto a aquel que no había vivido bajo la obediencia a un abad. La obediencia era necesaria porque sólo algunos hombres estaban capacitados para perseverar en el ideal cristiano por sí solos, o de otra forma esto sólo era posible tras una vida de esfuerzo y meditación, en fin tras haber demostrado contención y humildad. Aquí vemos nuevamente el apremio de los eclesiásticos por lograr un control perfecto de la comunidad de creyentes.

Es muy probable que el eremita individual precediese en el tiempo al clérigo sujeto a una regla. Parece que el cenobitismo, la vida en comunidad, se extendió de forma general a partir del siglo VII. Con anterioridad y como fase intermedia proliferó la asociación de eremitas, las lauras, que se identifican por la existencia de un número elevado de celdas en el entorno de una iglesia. El proceso de transformación de un oratorio en laura y posteriormente en monasterio pudo producirse en una generación.

En los tiempos de la primera Reconquista la desconfianza hacia los eremitas se relajó. En la España cristiana, la repoblación fue dirigida por los reyes astur-leoneses, que mandaban sobre los obispos que a su vez fundaban monasterios y eremitorios. El control del eremitismo fue mayor o por lo menos se permitió su existencia dadas las necesidades apremiantes de favorecer cualquier tipo de piedad entre el pueblo. A este respecto se debe insistir en la celebridad de los eremitas en el mundo rural, proliferando los oratorios y lauras a donde peregrinaban las gentes necesitadas de consuelo práctico. Por eso muchos eremitas tenían fama de taumaturgos y curanderos.

La regla de San Benito fue adquiriendo fama y notoriedad desde el siglo VIII, pero eso no significa que prevaleciese sobre las otras. Todavía en el “siglo XI no era acatada de forma general y fue el esfuerzo de reyes como Sancho el Mayor y su hijo Fernando de Castilla los que dieron un vuelco a la situación. Parece que el primer monasterio que siguió una regla fue el fundado por Donato, en el lugar de una antigua laura, a los pies de la ciudad romana de Ercávica, en Cuenca. Decimos esto porque hubo un influjo importante del norte africano desde los tiempos de la invasión vándala de Africa. La regla de ese primer monasterio fue la de San Agustín (354-430), que moría en los tiempos de la invasión, pero cuyo legado fue conservado por hombres como Fulgencio de Ruspe (426-527), que ya si pudieron influir en Donato.

EL MONACATO HISPANO
LA TRADICION DE SANTIDAD DE LOS EREMITAS EN EPOCA VISIGODA

111Ya hemos hablado de cómo los anacoretas asumen la santidad que durante las persecuciones tenían los mártires. Estos hombres canalizaron la piedad popular de la población campesina gracias a su carisma personal, pero sin duda influyó en su popularidad el hecho de que se instalaban en lugares santos de tradición pagana. En ningún caso puede suponerse que su aislamiento fuese total, sino más bien debe tomarse como un alejamiento de las grandes poblaciones, conservando siempre la comunicación con el mundo a través de discípulos y devotos que les asistían para la construcción de sus oratorios y les facilitaban comida y ropa.

Parte de la animadversión de la Iglesia hacia ellos se justifica por la hipocresía de algunos eremitas que sólo buscaban el lucro y la independencia del poder del obispo. Muchos eremitas rehusaron el nombramiento por parte de los obispos como presbíteros, pero algunos lo aceptaron fácilmente pudiendo ser indicio esto de su ambición personal. En sus obras autobiográficas Valerio del Bierzo nos habla de su discípulo Saturnino, que aceptó el cargo de presbítero y luego abandonó a su maestro, quizá para instalarse en otro lugar donde pudiese monopolizar la piedad popular sin competidores.

VICTORIANO: Fue eremita oriundo de Italia, que se instaló en las inmediaciones del monasterio de Asán, que había sido fundado por Gesaleico. Victoriano se recluyó en una cueva por el año 520, pero tras la experiencia de la soledad, promovió el ideal de la vida en común y lo hizo fundando monasterios a ambos lados de los Pirineos. Se dice que el monasterio fue residencia de los obispos mozárabes de Huesca, pero desde 950 huyeron al norte donde refundaron el monasterio, que se llamó San Victorián.

SAN MILLAN: Sabemos de su vida por la biografía que escribió San Braulio hacia el año 636, para la cual se basó en la tradición oral iniciada por los seguidores de San Millán. Fue discípulo de Felices, pero no tuvo experiencia previa en un monasterio. El obispo de Tarazona intentó atraerle a la vida reglada, pero tras un breve periodo como presbítero de Berceo, fue denunciado por los clérigos del lugar por dilapidar el tesoro.

SAN FRUCTUOSO: Tenemos noticia de su vida por un autor anónimo cuya obra fue recogida por Valerio. Fue hijo de noble familia que buscó la vida contemplativa en Compludo (el Bierzo), donde fundó monasterio. En el actual Montes de Valdueza creó un oratorio que más tarde se transformó en cenobio. No sería ejemplo de eremita deshonesto puesto que estudió en la escuela episcopal palentina en la que vivió sujeto a la vida comunitaria, según lo estipulado por los concilios para las escuelas episcopales.

SAN VALERIO: Responde al tipo del eremita itinerante, pues estuvo en el cenobio de Compludo, donde habitó en la celda que fuese de Fructuoso. Luego buscó la soledad en algún lugar cercano a Astorga, para más tarde establecerse cerca de la iglesia de San Félix. Allí suscitó la envidia del presbítero del lugar que lo acosó hasta forzar su marcha. Entonces Valerio se fue al monasterio Rufianense donde también tuvo problemas. Al final de su vida tuvo tiempo y paz para escribir sus obras autobiográficas, en un momento de mejor acomodación con la comunidad monástica de la que él no participaba del todo.

CASONASSAN URBEZ: Monje procedente de Burdeos que se formó con San Fructuoso en el Bierzo y luego vivió en la diócesis de Huesca, que fue sede episcopal desde el año 589.

SAN FRUTOS: Nació hacia el año 642 de familia pudiente y murió en 715, dejando a sus hermanos Valentín y Engracia la tarea de cuidar el oratorio que habían fundado en la actual reserva de las Hoces del Duratón, cerca de Sepúlveda. A San Frutos se le atribuye el milagro de mostrar a los sarracenos el poder de su dios y la fuerza de su fe. El santo hizo que la peña donde se hallaba se desgajase hasta cobrar su forma actual, un farallón rocoso que se conoce como Cuchilla de San Frutos. Pero el santo murió y sus hermanos fueron decapitados por los moros.

LAS PRINCIPALES REGIONES DE DIFUSION DEL EREMITISMO

Ya hemos apuntado que el eremitismo pudo tener etapas con mayor o menor abundancia de anacoretas. Nos hemos referido al probable proceso de formación de lauras a partir de antiguos oratorios y de cómo aquellas se transformaron en verdaderos cenobios. En una sola generación podía producirse una rápida transformación de unos tipos en otros. No puede darse una imagen monolítica de transformación de un eremitorio en monasterio. La iglesia visigoda trató de controlar el fenómeno exigiendo una etapa previa de vida en común, pero esto no significa que desde entonces sucediera así.

Por otra parte la invasión musulmana provocó una reestructuración socio-política de las zonas que quedaron libres. La repoblación hizo que la organización del territorio se realizase sobre nuevos principios geoestratégicos. Ese proceso comienza a partir del año 740 en que los bereberes, después de levantarse contra los árabes son aplastados, hecho que provocó su repliegue hacia el sur, quedando la cuenca del Duero, los Pirineos y Cantabria libres del invasor. Las primeras campañas de los cristianos procedieron del reino de Asturias, donde a partir de Alfonso III (866-910) los ideólogos cortesanos reivindicaron para el reino la herencia visigoda y junto a ella la hegemonía sobre los otros reinos. De hecho al final del reinado la frontera se situaba en el Duero, y es al norte de ese limes donde se fundaron la mayor parte de los eremitorios, en el Bierzo, en tierra de campos, en las Merindades, en Navarra, en los condados aragoneses y zonas de Cataluña.

Cueva Santa de LiébanaLA GALLAECIA: En la antigüedad tardía se constituyó la provincia de Gallaecia, que se subdividía en conventos jurídicos. Los genuinos fueron Lugo, Braga y Astorga, capitales fundadas por Augusto que dieron nombre a los territorios. Pero el convento de Clunia, en principio parte de la Tarraconense, llegó a incluirse en Gallaecia. De esos territorios el más romanizado fue Braga. Pero lo importante es la proyección de Gallaecia hacia el centro peninsular, pues en época sueva el reino llegó a ocupar toda la península excepto la franja costera mediterránea.

Ya en 449 Requiario se convirtió al catolicismo, pero entre 456-550 hay un lapso de oscuridad documental en el que los reyes suevos vuelven al arrianismo y dividen el reino en varias ocasiones. En 550 se restableció el catolicismo, esta vez de forma definitiva y en 561 y 572 se celebran los primeros concilios de Braga. Fueron años de gran actividad monástica bajo la egida de San Martín de Braga.

En 585 Leovigildo anexionó el reino suevo creando un nuevo ducado que se ofreció a individuos emparentados con la monarquía. Serán los partidarios de Vitiza los que desde la Gallaecia llamen como aliados a los árabes. En tiempos de la primera Reconquista Gallaecia y Cantabria, que pasó a denominarse Asturias de Santillana en el siglo VIII, formaron un conglomerado dinástico en el que las diferencias venían dadas por la ambición personal de los miembros de los linajes y las rivalidades entre ellos.

En cualquier caso las fuentes árabes se refieren a la Gallaecia como la nación más poderosa y Beato de Liébana se refiere a Galicia y Asturias bajo la denominación de Gallaecia. Quizá hasta Alfonso II se deba hablar antes de grandes magnates que de reyes, pero la vinculación está clara. Ramiro I fue impuesto por la nobleza gallega y las fuentes árabes hablan de Ordoño I como rey de Galicia. La capital pudo ser itinerante entre Galicia y Asturias.

En el siglo X los normandos llegaron a invadir parte de Galicia, lo cual afectó la actividad diplomática y comercial a través de las ciudades de la costa. Hubo una emigración al interior y la región se empobreció. En el reinado de Ordoño IV (956-960) se concedió la independencia al conde castellano Fernán Gonzalez. En 1002 fue un conde gallego, regente de Galicia, quien colaboró en la derrota de Almanzor cerca de Calatañazor.

La impresión general es que los reinos cristianos estaban poco aislados, en particular Galicia y Asturias constituían una unidad, de modo que la primacía, el título de rey, podría ser reivindicado desde cualquier punto, ya fuese desde Lugo o desde Oviedo.

EL BIERZO: Hasta el año 585 fue territorio del reino suevo y entre el año 585 y el 711 formó parte del reino visigodo. Administrativamente formará parte del ducado de Asturias desde su creación en el siglo VII. El Bierzo será uno de sus territorios con sede en Bergium que fue ceca poco importante. Esta comarca será célebre cuando llegue allí Fructuoso, que será una de las figuras conocidas más destacadas en la organización del monacato. Fundó en el Bierzo Compludo, San Pedro de los Montes y San Félix de Visonia, antes de abandonar la región. En la segunda mitad del siglo VII llegó a la zona Valerio, que residió en la celda de San Fructuoso en Compludo.

Tras la invasión musulmana, Alfonso II y Ramiro I Reconquistan El Bierzo, quedando el norte como zona ganadera y el sur como región agrícola. En el año 850 nació Atilano, mozárabe que residió en Tarazona y que muy joven buscó la soledad, estableciéndose en el monasterio de Fayos cerca de su ciudad natal. Pero más tarde llegó al Bierzo, se piensa que pudo ser copista en el monasterio de Sahagún. Se asoció con Froilán, que procedía de Lugo, para establecer un eremitorio en Curmeño.

Posteriormente fundaron monasterio en Veseo. A partir del año 878 los dos monjes fundaron el monasterio de Tábara y otros más en las riberas del Esla, en tierras zamoranas.

TIERRA DE LOS CAMPOS DE PALENCIA: La sede del obispado estuvo en Palencia, ciudad de origen prerromano, que fue destruida por los árabes sin ser restaurada hasta 1035 por Sancho III. El rey navarro otorgó fueros a la ciudad y lo mismo hicieron Bermudo III de León y Fernando I de Castilla. Parece que brilló bajo el reino visigodo y se dice que a la zona llegaron discípulos de San Millán.

San Miguel de Tartalés de CillaCASTELLA VETULA: El embrión del futuro reino de Castilla se organizó entorno a la ciudad de Amaya, donde tuvo su sede el primer conde castellano don Rodrigo. Amaya había existido ya en los últimos años del reino visigodo. Pero la sede de época visigoda en la zona fue Oca, que a partir de 788-796 se traslada a Valpuesta ante el acoso de los musulmanes. Valpuesta se consideró continuación canónica de Oca, con jurisdicción hasta el valle de Manzanedo por el oeste. Tuvo continuidad entre 863-1075. En 1075 se restablece la sede de Oca que se llamará Oca-Burgos. Esta sede será declarada exenta de metropolitano por Urbano II, privilegio que conservará hasta 1572 A su vez Amaya se transformará en Amaya-Muñó durante el siglo X.

La Castilla de Fernán González (930-970) sufrirá avances y retrocesos y a comienzos del reinado de Fernando perderá territorios a manos de los navarros, que se recuperarán tras la batalla de Atapuerca de 1054. Así en 1078 los dominios castellanos vuelven a tener las fronteras que tuvieron con Fernán González. Por otra parte hasta la conquista de Toledo de 1085 no se puede hablar de una empresa militar coherente del reino castellano. Hasta entonces prevalece la repoblación de gentes privadas, y a partir de 1085 se crea un eje Burgos-Toledo que terminará quitando protagonismo a León.

La diócesis de Burgos limitaba al sur con la de Burgo de Osma, al este con la de Calahorra, al norte incluía Santander, que no será sede hasta 1754, y por el oeste con Oviedo, León y Palencia. Valpuesta se organizó como cabildo catedralicio desde un principio, Burgos en 1075. El cabildo era consejero del obispo y tiene su origen en el movimiento monástico que hasta la plena Edad Media tuvo un papel predominante en la Iglesia. Las diócesis estaban subdivididas en arcedianatos, existiendo cinco en el siglo XII. El de Briviesca tuvo jurisdicción sobre algún emplazamiento eremítico en la zona de Valdivielso y el de Valpuesta, creado en 1075, dominaría hasta Villarcayo por el oeste.

En Castilla las gentes vivían de la agricultura y la ganadería, predominando una u otra según las posibilidades de los distintos enclaves, predominando las zonas escarpadas y los vallejos horadados por el río Ebro. El siglo VII fue un periodo en que la zona se fue integrando en la economía de base cerealícola. Tras la invasión árabe la población se dispersa y los ganaderos quedan como tutores militares de los agricultores de los valles. La zona fue independiente durante una parte del siglo VIII, tras el cual Castella Vetula fue asimilada al proyecto astur de repoblación. En ese proceso se fueron imponiendo los vínculos de vecindad sobre los de parentesco que dominaban entre los ganaderos.

CONDADOS DE ARAGON, SOBRARBE Y RIBAGORZA: En Aragón y Cataluña el eremitismo estuvo igualmente difundido, pero el hecho de que no hubiese tierra de nadie en la frontera con los musulmanes trajo diferencias con otras regiones estudiadas. Los territorios cristianos estuvieron más constreñidos y por eso los probables eremitorios se reutilizaron como monasterios e iglesias parroquiales, perdiendo su naturaleza originaria. En cambio en el tercio noroccidental se abandonaron más pronto y no hubo continuidad, lo que hace posible reconocer su antigua fisonomía.

Desde los tiempos visigodos hubo tradición monástica en Zaragoza, con San Braulio y su discípulo Tajón, en Huesca con San Victorián, en Sobrarbe y Ribagorza. Hubo en esa época una relativa abundancia de monasterios en la zona, y se dice que San Victorián pudo formar parte de una laura en los alrededores de Huesca. Con la llegada de los árabes una parte de la población huyó a los altos valles pirenaicos, donde los musulmanes no pasaron de Ainsa y Boltaña, en el Sobrarbe. Estos territorios del pirineo central no formaron parte de la Marca Hispánica, porque fueron los condes de Tolosa quienes los administraron, como patrimonio familiar y no como parte del Imperio carolingio.

Los tres condados se fueron liberando del control de Tolosa durante el siglo IX: Galindo González de Aragón en 828 y Ramiro I de Ribagorza en 872. Los valles de Sobrarbe fueron zona de expansión de Aragón durante el siglo X, y previamente sólo el valle de Guistaín fue controlado por Tolosa. Galindo Aznar II de Aragón legó a su hija Toda los territorios de Sobrarbe que se unieron con Ribagorza tras el matrimonio de Toda con Bernardo I. Sancho III el Mayor de Navarra anexionó los dos condados orientales, que pasaron a su hijo Gonzalo, pero muerto este en 1037, pasaron a su hermano Ramiro I, primer rey de Aragón. Sancho Ramírez unió el reino de Pamplona a la corona de Aragón y estableció la corte y la sede episcopal en Jaca. Pedro I, en 1096, tomó Huesca y Barbastro a los árabes. Alfonso I el Batallador reconquistó Zaragoza en 1134.

Los ejes monásticos de los tres condados durante la primera Reconquista fueron, San Juan de la Peña para Aragón, lugar al que llegó el anacoreta Juan de Atarés en el siglo IX, San Victorián de Asán, refundación de eremitas en torno al 850, y Roda de Isábena para Ribagorza.

LA MARCA HISPANICA: Esta región la formaban los futuros predios de la casa condal de Barcelona, que durante siglos tuvo una declinante e imperecedera impronta franca. Nunca tuvo una administración unificada. A partir del año 801, en que los carolingios toman Barcelona, los territorios se fueron organizando según el modelo del Imperio. Muy pronto este se desmorona, aunque la influencia se mantuvo, como lo demuestra la rápida penetración de la reforma cluniacense y del estilo románico. Fue Wifredo el Velloso quien hacia el año 877 reunió en su persona los condados de Barcelona, Gerona, Urgel y Cerdaña. Ya Borrell II se negó a prestar vasallaje al reino franco, que no obstante no renunció a controlar la región hasta 1258. Alfonso I el Casto puso fin a la Cataluña condal.

LA MESETA CENTRAL CASTELLANO-LEONESA: Entre los ríos Duero y Tajo se extiende la meseta central castellana, que constituyó la región de la marca central entre la zona musulmana y cristiana. En tiempos del Emirato de Córdoba, primero dependiente de Damasco(716-759) y más tarde independiente(759-929), fue territorio homogéneo con estatus de provincia, en árabe coria. Durante el Califato (929-1010) tuvo parecido estatus y no es hasta los reinos de taifas que cambia su rango de provincia por el de reino independiente. En 1085 Alfonso VI conquistó su capital, Toledo, y es entonces cuando la taifa de Sevilla llamó en su auxilio a los almorávides. El rigorismo de estos se dejó sentir en la zona musulmana donde los eremitas fueron perseguidos y cautivos de aquella nueva forma de interpretar el Corán.

EL SUDESTE ANDALUZ: En la región que tomaría el nombre de Bética en tiempo de la dominación romana, y que conservaría en época visigoda, en la vertiente oriental, se localizan eremitorios de época visigoda y también de los primeros siglos de la dominación musulmana. Fue región de colonización fenicia, aunque ya antes tuvo tradición urbana, pero en cualquier caso puede considerarse la región más avanzada de la península en la antigüedad, condición que se mantuvo tras la invasión árabe. Parte de la zona estuvo previamente controlada por los bizantinos, que probablemente llegaron a dominar el sur de la actual provincia de Albacete.

SOBRE LAS NECROPOLIS: Vamos a diferenciar dos tipos de asentamiento, las necrópolis-poblados y los eremitorios, en la creencia de que cada lugar puede haber sido ambas cosas en sucesivas fases pero que en la actualidad puede ser sobresaliente una de ellas.

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